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  • CARTAS DE AMOR A LOS LIBROS, de Luiz Schwarcz

    27 de noviembre de 2018

     

    El libro en Brasil vive sus días más difíciles. Durante las últimas semanas las dos principales cadenas de librerías del país han entrado en procedimiento concursal, dejando en suspenso un pasivo enorme de pagos. Incluso con serias medidas de gestión, ambas cadenas pueden tener dificultades considerables de solución a medio plazo. El efecto dominó de esta crisis es aún incalculable, aunque ya resulta atemorizante. Lo que está pasando por aquí va en sentido contrario a lo que acontece en el resto del mundo. Ya nadie tiene que salvar los libros de su apocalipsis, como se pensaba en un pasado reciente. El libro es el único medio que ha resistido globalmente a un proceso de grave disrupción. Pero en el Brasil actual la historia es otra. Muchas ciudades brasileñas se quedarán sin librería y las editoriales tendrán dificultades para dar salida a sus libros así como tendrán que hacer frente a unas significativas pérdidas acumuladas.

    Hace tiempo que las editoriales vienen disminuyendo el número de libros lanzados, dejando fuera de sus planes inmediatos a aquellos autores de venta más lenta, así como despidiendo empleados en todos los sectores. Con el procedimiento concursal de las cadenas de librerías Cultura i Saraiva, se han cerrado decenas de tiendas, despedido a centenares de libreros, y las editoriales se han quedado sin el 40% o más de sus ingresos; generando un agujero que comporta graves riesgos para el mercado editorial en Brasil.

    En Companhia das Letras sentimos todo esto en la piel ya que las mayores editoriales son, naturalmente, las grandes acreedoras de las librerías y, en este sentido, hemos salido muy perjudicadas financieramente. Pero tenemos el modo de superar la crisis: los socios de estas editoriales tienen capacidad financiera para invertir en sus empresas, y muchos de nosotros somos también idealistas y, más que nada, guardamos un profundo sentimiento de protección para con nuestros autores y lectores.

    Acabo de pasar por uno de los peores momentos de mi vida personal y profesional cuando, por primera vez en 32 años, he tenido que despedir a seis empleados que formaban parte de la editorial desde hace tiempo y que contribuyeron con su energía a construir nuestro día a día. La editorial, que siempre fue capaz de entender a las personas en su diversidad, ver lo mejor de cada uno y apostar más por el sentimiento de armonía común que por la medición de la productividad individual, ha tenido que medir sus costos de manera desigual, o simplemente reducir los gastos. En una reunión para dar explicaciones acerca de este triste e inédito acontecimiento, una empleada me preguntó si los despidos se limitarían a aquellos seis. Con sinceridad y voz embargada, dije que no podía garantizarlo.

    Sin querer juzgar públicamente errores de terceras personas, pero dispuesto a una honesta autocrítica de la categoría en general, escribo esta carta abierta para pedir que todos nosotros, editores, libreros, autores, busquemos soluciones creativas e idealistas en estos momentos. Las redes de solidaridad que se han formado, de lado a lado, durante la campaña electoral tal vez sean buen ejemplo de lo que hoy se puede hacer por el libro. Cartas, WhatsApps, emails, publicaciones en las redes sociales y videos, hechos de todo corazón, en los que prevalezca la sinceridad, buscando apoyar a los amigos del libro, con especial atención a sus protagonistas más frágiles, son más que bienvenidos: son necesarios. Lo que hora necesitamos, entre otras cosas, son CARTAS DE AMOR A LOS LIBROS.

    A los que como yo, tiene en el afecto a los libros su razón de vida, pido que distribuyáis mensajes; que extendáis el deseo de comprar libros en este fin de año, libros de vuestros autores preferidos, de nuevos escritores que queráis descubrir, libros comprados en librerías que sobreviven de forma heroica a la crisis, cumpliendo con sus compromisos; y también en aquellas que atraviesan una situación difícil pero que necesitan nuestra ayuda para volver a empezar. Divulgad libros con especialísima atención a las editoriales pequeñas que necesitan la venta inmediata para continuar existiendo, pensad en el editor humanista que defiende la diversidad, no solo entre razas, géneros, credos e ideas, sino también la diversidad entre los libros de aspiración comercial discreta y los de venta más amplia. Toda clase de libros necesita sobrevivir. Pensad en cómo será nuestra vida sin los libros minoritarios, no solo en su número de ejemplares, sino en las causas que defienden, tan importantes como aquellos de gran divulgación. Pensad en los editores que, con pocos recursos, continúan en este trabajo que nos exige tanto y que pueden no estar con nosotros en breve. Cada editorial y librería que cierra sus puertas cerrará muchas otras en nuestra vida intelectual y afectiva.

    Regalar libros hoy no solo representa la valorización de un instrumento fundamental de la sociedad para luchar por un mundo más justo, sino también la supervivencia de un pequeño editor o el empleo de un buen trabajador en una editorial más grande; representa una gran ayuda a la continuidad de muchas librerías y un pequeño acto de amor a quien tanto nos dio desde una edad temprana: el libro.

     

    Luiz Schwarcz es el fundador de Companhia das Letras, una de las editoriales más importantes de Brasil.

     

     

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  • #EleFuckingNão

    Almuerzo en el bar. En la tele miles de brasileños celebran la victoria de Bolsonaro. Alzan los brazos al aire, ríen con la boca abierta, disfrutan de lo que Hannah Arendt denominó una «solidaridad negativa». Es su particular venganza por todos los días que pasaron arrodillados ante un presente que les humilla. «Hay que ser gilipollas para votar a ese tío», dice el tipo que está sentado a mi lado en la barra, un hombre de unos treinta años vestido con ropa deportiva; y un obrero sentado al fondo del bar, bastante más mayor que él y con un carajillo en la mano, le contesta que «peor que nuestros políticos seguro que no será».

    Sin ideologías que los amparen ni estructuras sociales capaces de amortiguar los golpes que reciben a diario, los brasileños que han votado a este militar sienten que ya no hay sociedad, que lo único que hay es una guerra desleal de todos contra todos. Bolsonaro se presentó a las elecciones dispuesto a ganar esa guerra, y sus votantes quieren ser parte del bando vencedor. La descomposición global en la que ha entrado el mundo tiene una solución –dice Bolsonaro– y es bien sencilla: ¡unidad! Basta ya de tanta diversidad, de tanta pluaralidad, de ahora en adelante volveremos todos a ser uno. Y ese uno, por supuesto, es él.

    ¿Y cómo es él, cómo es Bolsonaro? Pues Bolsonaro es un hombre mayor, blanco, religioso y heterosexual (al menos a simple vista), uno de esos señores que piensan que la vida traza una única línea recta a su paso. Su llegada al poder viene propulsada por el relato del desastre total, del mundo devastado y la consiguiente necesidad de poner fin a tal devastación. La solución que nos propone este señor pasa por eliminar todo lo que no es como él. Eso se consigue –dice– instaurando una atmósfera policial que regule la vida de los humanos tal y como él se la imagina, como una especie en peligro de extinción necesitada de un salvador. A la luz de los resultados de las elecciones, parece que esta visión apocalíptica del mundo encaja perfectamente con el rencor existencial, la envidia y los sentimientos de humillación e impotencia experimentados por sus votantes. El fruto de este resentimiento, a medida que ha ido retorciéndose y haciéndose más profundo, es Bolsonaro.

    En la tele continúan las celebraciones. Una cámara nos muestra ahora a Bolsonaro en el interior de su casa junto a su esposa, ambos con los ojos cerrados, la cabeza baja y cogidos de la mano de un pastor evangélico que le agradece a Dios la victoria en las elecciones. El obrero del fondo hace tiempo que ha dejado de prestar atención a la pantalla, y el chico deportista está ahora ocupado contestando unos wasaps de trabajo. Está visto que las sociedades organizadas exclusivamente bajo mandato económico, no han traído consigo la felicidad y el disfrute prometidos por la publicidad. Lo que han traído más bien es una ola de violencia nihilista sin límites. El estado de temor constante en el que viven hoy millones de personas les empuja a buscar, bajo el horizonte sombrío que clausura sus vidas, un bálsamo reconfortante. El que sea. Y no me refiero sólo a los más pobres; los pudientes, presa de una fiebre competitiva y atormentados por la posibilidad de perder lo que tienen, actúan del mismo modo también.

    Bolsonaro representa ese bálsamo. Es el último mesías llegado del más allá para administrar con mano dura este desastre globalizado. Antes que él vinieron otros (Trump, Putin, Erdogan…) y vendrán más. Todos ellos se muestran joviales y risueños cuando alcanzan el poder, pero hay en su vivacidad algo calculado y mecánico. Por mucho que tratan de ocultarla, una fatiga amarga se cuela en su rostro y envejece sus facciones. Es la fatiga del que se sabe perdido. En sus discursos todos hablan de unidad, repiten una y otra vez esta palabra como si tratasen de llenarla de sentido. Siempre que les escucho pienso lo mismo: cada vez sale más caro mantener vivo el concepto de unidad.

    Cuanto más tiempo sigamos creyendo en que la unidad es la única manera de afrontar el desastre global de la descomposición capitalista, más monstruos como Bolsonaro aparecerán en nuestras vidas. Cuanto más pensemos que el único modo de hacer frente a los males de este mundo es siendo uno (un pueblo, una nación, un mundo global), menos capaces seremos de ver todo aquello que no es parte del desastre y que acontece todos los días a nuestro alrededor. El chico deportista paga y se despide del camarero sin dejar de hablar por el móvil. El obrero ha terminado ya su descanso y también se va. En la tele comienzan los deportes, yo apuro el zumo de un trago y salgo a la calle.

    De camino a casa, pienso en esos mundos que se dan entre nosotros a cualquier hora, en cualquier lugar, y que contienen es su interior formas de vida ajenas al desastre oficial del mundo. Son mundos que se hacen visibles sólo cuando dejamos de mirar la vida desde el prisma de la totalidad. Cuanto más nos neguemos a ver el mundo como lo que es (un conjunto de pedazos desiguales que no cuadran ni tienen por qué cuadrar entre sí), más desesperadamente buscaremos un salvador. Un redentor loco que haga encajar a la fuerza nuestras existencias con las leyes de un mundo desajustado. Aquellos que se empeñan en buscar ese principio de unificación que nos salvará del desastre, no serán capaces de ver los otros mundos jamás. Y lo que es peor, tratarán por todos los medios de que no existan. Para eso ha llegado Bolsonaro, para dejarnos encerrados en el desastre como única forma de vida posible. Y yo no estoy dispuesto a aceptarlo. Conmigo que no cuente este señor. Yo no soy de su mundo.

     

    LEONIDAS MARTIN (#DiarioDeLaDispersión)

    Profesor en Bellas Artes (Universidad de Barcelona)