#EleFuckingNão

Almuerzo en el bar. En la tele miles de brasileños celebran la victoria de Bolsonaro. Alzan los brazos al aire, ríen con la boca abierta, disfrutan de lo que Hannah Arendt denominó una «solidaridad negativa». Es su particular venganza por todos los días que pasaron arrodillados ante un presente que les humilla. «Hay que ser gilipollas para votar a ese tío», dice el tipo que está sentado a mi lado en la barra, un hombre de unos treinta años vestido con ropa deportiva; y un obrero sentado al fondo del bar, bastante más mayor que él y con un carajillo en la mano, le contesta que «peor que nuestros políticos seguro que no será».

Sin ideologías que los amparen ni estructuras sociales capaces de amortiguar los golpes que reciben a diario, los brasileños que han votado a este militar sienten que ya no hay sociedad, que lo único que hay es una guerra desleal de todos contra todos. Bolsonaro se presentó a las elecciones dispuesto a ganar esa guerra, y sus votantes quieren ser parte del bando vencedor. La descomposición global en la que ha entrado el mundo tiene una solución –dice Bolsonaro– y es bien sencilla: ¡unidad! Basta ya de tanta diversidad, de tanta pluaralidad, de ahora en adelante volveremos todos a ser uno. Y ese uno, por supuesto, es él.

¿Y cómo es él, cómo es Bolsonaro? Pues Bolsonaro es un hombre mayor, blanco, religioso y heterosexual (al menos a simple vista), uno de esos señores que piensan que la vida traza una única línea recta a su paso. Su llegada al poder viene propulsada por el relato del desastre total, del mundo devastado y la consiguiente necesidad de poner fin a tal devastación. La solución que nos propone este señor pasa por eliminar todo lo que no es como él. Eso se consigue –dice– instaurando una atmósfera policial que regule la vida de los humanos tal y como él se la imagina, como una especie en peligro de extinción necesitada de un salvador. A la luz de los resultados de las elecciones, parece que esta visión apocalíptica del mundo encaja perfectamente con el rencor existencial, la envidia y los sentimientos de humillación e impotencia experimentados por sus votantes. El fruto de este resentimiento, a medida que ha ido retorciéndose y haciéndose más profundo, es Bolsonaro.

En la tele continúan las celebraciones. Una cámara nos muestra ahora a Bolsonaro en el interior de su casa junto a su esposa, ambos con los ojos cerrados, la cabeza baja y cogidos de la mano de un pastor evangélico que le agradece a Dios la victoria en las elecciones. El obrero del fondo hace tiempo que ha dejado de prestar atención a la pantalla, y el chico deportista está ahora ocupado contestando unos wasaps de trabajo. Está visto que las sociedades organizadas exclusivamente bajo mandato económico, no han traído consigo la felicidad y el disfrute prometidos por la publicidad. Lo que han traído más bien es una ola de violencia nihilista sin límites. El estado de temor constante en el que viven hoy millones de personas les empuja a buscar, bajo el horizonte sombrío que clausura sus vidas, un bálsamo reconfortante. El que sea. Y no me refiero sólo a los más pobres; los pudientes, presa de una fiebre competitiva y atormentados por la posibilidad de perder lo que tienen, actúan del mismo modo también.

Bolsonaro representa ese bálsamo. Es el último mesías llegado del más allá para administrar con mano dura este desastre globalizado. Antes que él vinieron otros (Trump, Putin, Erdogan…) y vendrán más. Todos ellos se muestran joviales y risueños cuando alcanzan el poder, pero hay en su vivacidad algo calculado y mecánico. Por mucho que tratan de ocultarla, una fatiga amarga se cuela en su rostro y envejece sus facciones. Es la fatiga del que se sabe perdido. En sus discursos todos hablan de unidad, repiten una y otra vez esta palabra como si tratasen de llenarla de sentido. Siempre que les escucho pienso lo mismo: cada vez sale más caro mantener vivo el concepto de unidad.

Cuanto más tiempo sigamos creyendo en que la unidad es la única manera de afrontar el desastre global de la descomposición capitalista, más monstruos como Bolsonaro aparecerán en nuestras vidas. Cuanto más pensemos que el único modo de hacer frente a los males de este mundo es siendo uno (un pueblo, una nación, un mundo global), menos capaces seremos de ver todo aquello que no es parte del desastre y que acontece todos los días a nuestro alrededor. El chico deportista paga y se despide del camarero sin dejar de hablar por el móvil. El obrero ha terminado ya su descanso y también se va. En la tele comienzan los deportes, yo apuro el zumo de un trago y salgo a la calle.

De camino a casa, pienso en esos mundos que se dan entre nosotros a cualquier hora, en cualquier lugar, y que contienen es su interior formas de vida ajenas al desastre oficial del mundo. Son mundos que se hacen visibles sólo cuando dejamos de mirar la vida desde el prisma de la totalidad. Cuanto más nos neguemos a ver el mundo como lo que es (un conjunto de pedazos desiguales que no cuadran ni tienen por qué cuadrar entre sí), más desesperadamente buscaremos un salvador. Un redentor loco que haga encajar a la fuerza nuestras existencias con las leyes de un mundo desajustado. Aquellos que se empeñan en buscar ese principio de unificación que nos salvará del desastre, no serán capaces de ver los otros mundos jamás. Y lo que es peor, tratarán por todos los medios de que no existan. Para eso ha llegado Bolsonaro, para dejarnos encerrados en el desastre como única forma de vida posible. Y yo no estoy dispuesto a aceptarlo. Conmigo que no cuente este señor. Yo no soy de su mundo.

 

LEONIDAS MARTIN (#DiarioDeLaDispersión)

Profesor en Bellas Artes (Universidad de Barcelona)

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